Como un oso panda disfrazado de Spiderman caminaba el gordo Eliseo por los senderos de polvo de aquel almacen de feria: norias derrumbadas como violadas hasta las bombillas, caballitos de carrusel lisiados como de ejército tras la batalla, cochecitos de choque amontonados como en un desguace carcelario y Eliseo paseando en la penumbra de rayos de sol que se cruzaban entre el polvo a través del tragaluz roto por el que se colaban las palomas.
La vida era tranquila para el gordo Eliseo que vivía como un oso panda de su jubilación por invalidez desde hacía tantos años que ya nadie se acordaría de su feria, que ya sus camiones y carromatos resultarían antiguallas si salieran a la carretera.
Todas las primaveras, el gordo Eliseo hacía algo extraño: cogía su destartalado coche de colores, conducía hasta el acantilado, se detenía, bajaba pisando la hierba recién crecida bajo la lluvia, llegaba al borde del acantilado donde el mar rugía como un viejo animal de compañía, descendía por el sendero hasta una pequeña calita de rocas redondas y húmedas por el oleaje, se sentaba siempre en la misma roca y comenzaba a cantar todas las óperas de Verdi sin importarle nada más que el sol poniéndose y su garganta vibrando al ritmo del mar.
En el pueblo, verdaderamente, poco pensaban de Eliseo más que se fuera de putas cada vez que lo veían cruzar las calles con aquel cacharro desvencijado, poco más y sacar siempre el mismo tema de conversación: lo sorprendente que era el hecho de que cada vez que Eliseo el gordo bajaba a las putas las capturas de calamares en la lonja se multiplicaban como si Cristo mismo los bendijese.
Por tanto, todos los pescadores de aquel pueblo estaban felices y contentos de que Eliseo se fuese de putas, de hecho, más de uno se podía ir de putas luego él gracias a los calamares que Eliseo le proporcionaba.
La vida estaba bien con sus pequeños secretos.
Sin embargo, un día de primavera, Eliseo apareció como un oso panda desnudo ahogado entre las redes de calamares de uno de los barcos, y lo que más extrañó a todos fue descubrir, al girarlo ya en el muelle, su cuerpo blanco e hinchado entre cientos de calamares, que estaba sonriendo y erecto su miembro viril como el de escolar en un cine de verano.
Evidentemente, todo el mundo quiso aportar sus conclusiones a la muerte y las extrañas circunstancias de la sonrisa y el pene de Eliseo; por supuesto, todos acaban hablando de las putas y los calamares.
Nadie, ni siquiera los que fueron con la grúa a recoger su destartalado coche al acantilado, pudieron imaginar ni asomarse y ver que en la pequeña cala, al ladito de la orilla, todavía nadaba desconsolada la sirena menos agraciada del mundo, una sirena fea como una solterona gorda en una verbena de pueblo, pero fea de narices, tan fea que las ballenas se tiraban contra la playa por no cruzarse con ella, tan fea que los calamares salían huyendo en manada cuando la veían acercarse a la orilla, tan fea que los delfines se lo decían a gritos, tan fea que intentó salir del mar y se fueron hasta los cangrejos, tan fea que sólo quiso hacerle el amor una persona en toda su vida, y ella se enamoró porque le cantaba ópera cada primavera y se lo dijo y le fue fiel, y decidió que no pasaría un día más sin él, y lo besó, y sintió que era el hombre de su vida ese gordo oso panda, y lo cogió de la mano y se bañaron juntos y supo que siempre sería él, y loca de alegría se aferró a su mano y se lo llevó a rastras a presentárselo a sus padres.
Texto: Álvaro García.
Ilustración: Alberto Montt.
